24 de febrero de 2012
Aún no despunta el día.
Bajo estrellas de vieja luz
la oscuridad difumina las palabras que escribí
y las vuelve lejanas.

Horizonte de cerros,
patios amarillos, dulces algarrobos...
todo lo que fue entregado al poema
es ahora incierto.

¿Era yo el que ardía en aquella voz
cuando amenazaba el frío?
¿Fueron mías esas pertenencias?
Y sin embargo, ¿dónde existirán luego?

Si al menos perdurase,
en la lentitud de lo que sucede,
esto que inerme inquiero... Pero es vasta y tenaz
esta forma de la ausencia, o del olvido.

No obstante, cierro los ojos
y algo hay que resiste,
con paz, con firmeza; el cerril deseo de existir
todavía en la mañana.

Publicado en la antología Huellas del alma (Dunken, 2010).

24 de febrero de 2012

Parecen conchas que asoman en la orilla turbia del mar. Eso serían si el parpadeo del tubo de luz no revelara que solamente son platos sucios en la cocina. Como aquellos jeans que en la sala oscura dibujan la forma del sillón, cual serpientes que esbozan el contorno de la piedra por la que reptan, son restos apenas, sobras del día que dejamos a los ruidos que habitarán la casa durante la madrugada. 

Cambia las cosas el cieno alucinógeno de la noche. Incluso tu cuerpo, que duerme, es otro mientras fumo. En él está la que fuiste, la que dejó su huella sobre el olvido de la arena, la que en un cuarto de hotel del barrio Gótico entendió el roce de mi mano sobre su rostro —día de asombro y de Rambla ocupada por vendedores de cerveza que ahora cae, como el punto de luz de mi cigarrillo, a una calle de nombre incierto.

Eres otra desde entonces. La mujer que ahora, incómoda por el calor, gira perezosamente en la cama, y que cuando llegue la mañana dejará su perfume para que retrase su ausencia, mientras en la cocina, o el mar, los ruidos nada habrán dejado de esta noche durante la cual miro la vida que pasa temblando, allá abajo, en la calle, en una risa de mujer


 10 de febrero de 2012

Esta noche, larga,
amarilla en las habitaciones de insomnio,
la milonga en tu guitarra
ahonda y enturbia el paisaje.
Nunca tus manos quisieron otra mujer,
tan ajena y por eso tan tuya,
como las palabras.
Por ella, todavía, 
cada vez que viajas al cerro,
te busca, implacable, la muerte. 

domingo 22 de enero de 2012
para B. R.

Tu idioma: esta casa junto al Mediterráneo. Caídos los revoques, de las paredes asoman sílabas y fonemas que tornan más delicado el nombre de las gaviotas; la dura argamasa del latín, que también, en otras playas, sostiene otros muros. Aquí, cuando la tramontana eriza la superficie del mar arrojando arena y silencio contra los cristales, tú enciendes una a una las luces de las estancias. Una historia sin héroes, una música que en una anilla cabe, una arquitectura de ramas de piedra puede ser comprendida entonces igual que el amor puede ser entendido: tristemente y con el cuerpo. Para chavas de un sur remoto y diverso es un extraño modo de justicia hecho de asombro, de dudas, de lecturas, de conversación. Entre ellos yo, uno más, voy siguiéndote, sin prisa, como quien en un pueblo escucha llover, y luego pienso en mi propio idioma y en que así, y del modo en que ahora te giras y señalas el siguiente verbo, te recuerdo. 

miércoles 4 de enero de 2012

Eun barco de piedra, sin velas, un fantasma espera el viento. Esperamos el viento en un barco de piedra, sin velas. Sin velas, muertos, vivos, esperamos el viento en un barco de piedra.

miércoles 4 de enero de 2012
A Roberto Arnedo

En la fotografía, entre el amargo color de los eucaliptos, inquieto, ha quedado atrapado el viento. Las ramas, tensas y retorcidas, muestran su afán de invisible viajero. Quizá por eso, al fondo, en el cielo —esa partícula de inmensidad arañada por las tuscas— no hay nubes ni pájaros. Es una tarde seca, limpia. Al pie de los árboles, y aunque la perspectiva no permite observarla, sé que hay una calle —arenosa, invadida por matorrales quemados por el frío. Por allí se apartaban las parejas durante el verano, cuando sólo deseaban escuchar sus voces y querían olvidar el murmurio conservador del pueblo. De ese tiempo nada sabe este trozo de invierno en el que no hay nadie. Como si en lugar del presente la imagen mostrara el futuro: la olvidada soledad en la que acabará nuestra memoria, sus recuerdos.

martes 3 de enero de 2012

Rota la taza, el café derramado
es un estambre rendido  
sobre pétalos duros y pálidos.
La belleza de esos restos,
que un presto camarero recoge,

me recuerda que hace tiempo
tú y yo, luego de un final
brusco, recogimos lo que aún
teníamos por bello
y dejamos de llamarnos nosotros.

Tan distintos al poema
que un día sin fecha,
con trozos de pasado
construye sus certezas,
como quien cree ver
en los vestigios de una taza
una flor.

martes 3 de enero de 2012


Sobre la basura que han arrojado al acabar el día, 
donde el hachís y la orina se apropian del espacio,
ella con las piernas desnudas y el sexo desnudo,
él con el rostro hundido entre bolsas de plástico, 

son, anónimos y dormidos, la rosa ultrajada 
de aquel verso de Panero, las ruinas cenicientas 
de una palabra que la noche, sobre la calzada
sórdida como el cuerpo de un mártir, olvida.

martes 3 de enero de 2012


Siete mesas —enrojecidas por el haz de luz—, una rocola —que impregna el humo de sórdidas cumbias—, la cifra —y el maquillaje inútil del nombre falso—, los ojos —que resbalan hasta el sostén—, después, el cuerpo —que hiere como una palabra jamás dicha—, finalmente, las siete mesas —tras la puerta de paño, los rugosos billetes, el golpe, el disparo. 

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