Desalentado,
quieta la cabeza
sobre en una piedra,
miro las lomas. Todavía
tienen luces encendidas.
Parecen las de esas ciudades
que se dejan ver desde los cerros.
Lentejuelas amarillas sobre paño negro.

En lo alto, delante de la luna,
hay nubes calmas. Algo de polvo
les acerca el viento.

¿Cómo será sentirse polvo o nube,
dejarse empujar por las alas frías
de ese avión que titila justo ahora?
¿Cómo se verá este sitio
pálido y caótico, harto de ruidos?

Cuando las tenemos cerca
las cosas son extrañas.
Nos pasman con su presencia
brutal y definitiva.

Como la mordedura de una bala,
la rosa amarilla de una explosión,
este fuego de mortero que cae
sobre toda la compañía. 

"Caía fuego de mortero sobre toda la compañía". El País, 16/09/2009.

5 de octubre de 2016

Destruir el poema
con golpes de cincel
para que con brillo
de aire y oscuridad
restalle el silencio. 

1 de octubre de 2016

Pregunta si me interesa. Voz blanca
de pantalla. Me ha visto saldar deudas,
adquirir otras más; cambiar de casa,
de empleo; consumir y derrochar.

Pregunta si está listo. Voz gastada
de yesca. Si no lo está, que mañana
en pronta carpeta. Lo verá el jefe.
Si es necesario, envíelo en domingo.

Con falsa amabilidad o acuciante
énfasis, como gruesas e importunas
gotas, rompen la calma de la tarde.

Crecerán, luego, henchidos por el sol
repentino de la cólera, negros
e incisivos, mis ásperos insultos.  

25 de septiembre de 2016
In memorian Ángeles Córdoba

Falta tu voz en la madrugada. Tu modo
de ordenar las palabras para que vuelvan
hechos y cosas que fueron tuyos. Música
y luz faltan en la cocina. Se amustia la yerba,
el corazón del tabaco en el cenicero.

Falta tu rabia contra el egoísmo, la doble moral,
el dolor, la mueca, los funcionarios, la política;
falta contra todo lo que parece haberse puesto
para que la vida sea penumbra o piedra.

Otros hablan, dicen tu nombre, y con ellos
te veo componer magros pupitres, caminar
por donde los árboles dejan las raíces al aire,
porque no les bastan la tierra y la lluvia;
te veo hablar con la gente, mostrar
con términos sencillos –si es que existen–
para qué Dios o los libros.

Eres un fantasma de palabras, aunque
estuvimos juntos, risa y humo, en el lado
más tangible de la vida. Tantas veces nos vimos
y siempre nos parecieron pocas. Hace tiempo
presentiste, sentenciosa, que esas ocasiones
no volverían. Lo decías en una carta que leí
sobre nubes que, por informes y revueltas,
parecían poemas por nacer. Y la última vez,
ya con esa molestia gris en el costado,
cantaste, despacito, para nosotros:
Sentados al cordón de la vereda,
bajo la sombra de algún árbol bonachón,
vimos pasar coquetos carnavales…

Fue la última tarde. Tu ausencia llegó desprolija,
con prisas y en hora intempestiva. Fue ocupando
la aséptica frescura del sanatorio, el calor de la siesta,
tu aula, los rezos, el ritmo de las canciones,
la entera y aletargada noche.

Y aunque se extienda y se haga más amplia,
como la boca de un río que da al mar, no quiero llorarte.
Por eso avanzan, trémulas y desamparadas, estas líneas.
Por eso avanzan, luz de tu bohemia,
buscando otra imposible madrugada. 

24 de septiembre de 2016

Antigua y blanca, dentro
el sol reza en colores
a través de los vitrales.

Afuera, banderitas quietas,
la pirotecnia moral
que sale de los parlantes.

De pronto se oyen vivas,
menciones a la patria,
el nombre del Papa.

Se agitan las banderas.
Junto con el bullicio
se diezmarán poco a poco

como el rumor y el polvo
de la batalla
que no conmemoran.  

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