Hay quienes a todo
le ponen mucho Gelman.
Otros, en cambio, agregan
unos chorritos de Oliverio
a su ensalada verbal.

Hay quien se bebe
un buen Borges cuando
prepara un cuento,
mientras otros aroman
con hojitas de Juanele
lo que bulle en el papel.

Hay noctámbulos
que pasan la noche
entre birra y Pizarnik,
y los que se perfuman con Paco.

Están los que para consultar
a los astros recurren a la Orozco;
los que pasan el verano
en campos de Castilla,
entre lo Sylvester,
haciendo suya la Bellesi.

Hay los buscadores de Paz,
los que cantan como un Cardenal,
los que huelen a lima en Quintana.

Son los que tardan en llegar,
porque se entretienen en el camino,
los exhibidos, los estereotipados,
los que no cotizan, los que se inventan
una profesión para poder besarle,
como Boccanera, las piernas a la poesía.

Ellos, en suma, los que, como yo,
reciben una orden de alejamiento
del asombro y la inocencia.



Sentado sobre el umbral
que no deja entrar lo nuevo,
mira lo que en el final
de la calle ya no es pueblo.

No le oculta el pastizal
de sombras eso que ve;
la memoria es un percal
que cubre el hoy con ayer.

Por ahí volvió una tarde,
con el tono grave y lento,
de buscar lo que ya tarde
supo que era solo viento.

El azar que es uno y vario,
pero también pa’ todos,
le mostró lo que el rosario
no enseña con sus modos.

Gente, ciudades y luces,
caminos y un largo erial,
la vida tenía esas cruces
que no sirven pa’ rezar.

La guitarra era su mano,
su voz y su corazón,
con ella cruzó ese llano
que es la vida en cerrazón.

Cantó como supo y quiso,
habló como supo ser;
como la selva al principio,
como la puna al volver.

Una vez le preguntaron
qué busca con el cantar.
¿Riqueza? preguntó alguno.
¿Prestigio? le dijo aquel.
¿Mañana? adivinó uno.
Mi nombre, contestó él.


A Salvador Adame
A simple vista, mudos: quién sabe
cuánto tiempo llevaban allí. Blancas
rocas hendidas, las cuencas, con hilos
de noche que dejó el fuego violento
de Michoacán. Desordenados y sucios,
como el odio, los huesos. Ese silencio
desata ahora las palabras del mundo.



Dicen que arengaba a los compañeros
subido a las mesas de los comedores de las fábricas,
digo que lo vi hablar de política en noches
breves y tranquilas como las calles de un pueblo.
Dijo que fue mozo en una embajada,
digo que lo vi echando borrachos de la cantina del club.

Dijo que vivió en Montevideo, dicen que en bata para fumar,
porque no quería hacer la colimba, que terminó
cumpliendo en Ushuaia. Digo que usaba solo camisas
y una gorra marrón los domingos de verano, que a veces
les redactaba las denuncias a los policías porque no sabían hacerlas.

Dicen que tuvo que hachar leña para poder comer,
que según mi madre contaban los fósforos
para encender el calentador en aquella pieza de madera.
Digo que por imitarlo tecleaba en la Underwood de su oficina
y que vivíamos en una casa grande, con patio
y un cielo arañado por mistoles y moreras.

Dicen que anduvo perdido en Buenos Aires, hasta que
mi tía lo halló una mañana en Plaza Italia. De pie, con traje
y abrigo largo leía el diario bajo el sol. Digo que meses después
de vivir en la ciudad, en un bar que ya no existe, coincidimos
para hablar de que la historia es cosa que la gente olvida.

Dijo que tenía libros en cajones de manzanas
y que los perdió huyendo de la represión. Digo que lo recuerdo
leyendo uno de mis primeros poemas en la mesa de la cocina.

Digo que con Benedetti y Serrat sigue dando cuenta
de que el sur también existe, que fumaba Chesterfield,
que hablaba de los atardeceres que filmó Fabio para Moreira,
que era peronista, aunque no les guste, que leía de madrugada,
que se llamaba Julio y que así lo despojo de muerte.

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