"ALBERGUE TRANSITORIO" DE VERÓNICA RUSCIO

Experimentación formal y erotismo


Sostiene
el poeta y crítico José Luis García Martín que internet no cambió el modo en que se escribe poesía, sino que agregó un nuevo soporte. En general, dice, el poeta escribe el poema y luego lo publica en las redes. Con Albergue transitorio, esa aseveración se cumple parcialmente. Nacido como un libro, se transformó en «una creación para y desde el medio digital», según nos explica su autora.
 
El trabajo es un «proyecto de literatura digital» abierto, es decir, en construcción. No es «un poemario sobre un albergue transitorio», sino un albergue transitorio, un telo (argentinismo que sirvió de primer título, y que Verónica cambió por el actual). El lugar o, mejor aún, su representación, tiene la forma de una página web de un motel, cuyos enlaces «Turnos», «Habitaciones», «Promos», «Quiénes somos» y «Acerca de» hacen de capítulos que contienen los poemas. De ellos, «Habitaciones» es el que más acentúa esta idea de sitio en erección (nunca mejor dicho). Dividido en suites, contiene una serie de poemas con títulos de habitaciones numeradas más un subtítulo. La numeración no es correlativa y faltan números o habitaciones que sugieren esta incompletitud, lo que lleva a pensar cuántas habitaciones o cuánto personal alcanzará a tener el albergue.
 
Pese a esta ordenación, la lectura de los poemas puede ser lineal, siguiendo el orden de los enlaces, o laberíntica, con remisiones a otros poemas, a referencias culturales alojadas en sitios externos e incluso a memes y gifs.  
 
A partir de estas características –combinación de video, texto, foto y audio–, los poemas se alejan de la concepción de García Martín y se acercan a lo que se ha dado en llamar «e-poetry», que podríamos traducir por «poesía electrónica» o «poesía digital», llamada también «tecnopoesía» por Claudia Kozak, investigadora argentina que la define como «ese espacio de confluencia asumida y manifiesta entre poesía y tecnología». Para este tipo de poesía, «el poeta debe saber escribir en código para fabricar (escribir) cada poema desde el software que usa», según explica el teórico estadounidense Loss Pequeño Glaizer. Se trata, en suma, y como señala Katherine Hayles, de una literatura formada activamente por la digitalidad, en lugar de estar marcada por ella.
 
Por ejemplo, «Habitación 4. Este mundo que nos tocó es binario, amor», es puro código binario, aunque no lo es el enlace que reza «pero este amor no es binario» que remite a «Habitación 4. Este mundo que nos tocó es binario, amor, pero besame igual», formado esta vez sí por palabras. Hay aquí un juego de apariencias a partir del término binario que alude a un doble orden, el virtual y el real, cuestionado desde la ternura y el lenguaje inclusivo – «fluyamos juntes», «brillemos soles»–, que la poeta muestra con habilidad. (Un dato curioso: si nos tomamos el trabajo de traducir el código binario del primer poema, sin usar el enlace antes mencionado, podremos leer el segundo).
 
Otros poemas que juegan con lo tecnológico –no todos lo hacen– son «Día de los enamorados», con forma de volante publicitario; «Habitación 6. El origen del mundo» y sus referencias a la pintura; «Habitación 18. El amor nos ha dejado ciegos», cuyo texto apenas se nos revela; y «Habitación 32. ¿Hay match?», que incluye lenguaje html. Quizá el acierto de Ruscio esté en no saturar de recursos tecnológicos los poemas. Poeta diáfana y ajena a la pedantería verbal desde su primer libro, Cuarto oscuro, propone en esta ocasión que el lector, además de leer, interactúe para develar los significados del poema.
 
Con estos elementos, Albergue… tiene mucho de erótico y, por eso, de lúdico. El muchacho que se aleja del joven con el que se ha acostado, la dominatriz y su firme discurso, el sexo sin amor de los casados –por parafrasear a Sabina–, el que engaña a su esposa, las jóvenes a punto de acostarse, etc., son la excusa para mostrar el miedo, la máscara, la certeza, el placer, la libertad que brilla con intensidad de penumbra en las habitaciones. Por ejemplo: «Elegiste una habitación sin mesa de luz. / Que no haya lugar / para apoyar las mentiras / después de / despertar». A la poeta le interesa narrar antes que describir, aunque a veces también lo haga («Habitación 7. El clímax se toma su tiempo, pero cuando llegue…»), pero esta vez no le basta la palabra, que no huye el monólogo dramático; precisa, además, de otros recursos que amplíen o refuercen el verso.
 
Por último, es la primera vez que Ruscio, por el uso de lenguaje inclusivo, sienta posición política, aunque no panfletaria, sobre un tema: la cuestión de género. Su poesía no empieza y termina allí, y nunca lo ha hecho. Sus temas, como en la buena poesía, trascienden lo urgente, lo que es de agradecer.  
 
Verso libre y cuidado, erotismo y experimentación podemos encontrar en este trabajo de una poeta que crece sin prisa, pero sin pausa. 

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