Sentado sobre el umbral
que no deja entrar lo nuevo,
mira lo que en el final
de la calle ya no es pueblo.

No le oculta el pastizal
de sombras eso que ve;
la memoria es un percal
que cubre el hoy con ayer.

Por ahí volvió una tarde,
con el tono grave y lento,
de buscar lo que ya tarde
supo que era solo viento.

El azar que es uno y vario,
pero también pa’ todos,
le mostró lo que el rosario
no enseña con sus modos.

Gente, ciudades y luces,
caminos y un largo erial,
la vida tenía esas cruces
que no sirven pa’ rezar.

La guitarra era su mano,
su voz y su corazón,
con ella cruzó ese llano
que es la vida en cerrazón.

Cantó como supo y quiso,
habló como supo ser;
como la selva al principio,
como la puna al volver.

Una vez le preguntaron
qué busca con el cantar.
¿Riqueza? preguntó alguno.
¿Prestigio? le dijo aquel.
¿Mañana? adivinó uno.
Mi nombre, contestó él.

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