Hay quienes a todo
le ponen mucho Gelman.
Otros, en cambio, agregan
unos chorritos de Oliverio
a su ensalada verbal.

Hay quien se bebe
un buen Borges cuando
prepara un cuento,
mientras otros aroman
con hojitas de Juanele
lo que bulle en el papel.

Hay noctámbulos
que pasan la noche
entre birra y Pizarnik,
y los que se perfuman con Paco.

Están los que para consultar
a los astros recurren a la Orozco;
los que pasan el verano
en campos de Castilla,
entre lo Sylvester,
haciendo suya la Bellesi.

Hay los buscadores de Paz,
los que cantan como un Cardenal,
los que huelen a lima en Quintana.

Son los que tardan en llegar,
porque se entretienen en el camino,
los exhibidos, los estereotipados,
los que no cotizan, los que se inventan
una profesión para poder besarle,
como Boccanera, las piernas a la poesía.

Ellos, en suma, los que, como yo,
reciben una orden de alejamiento
del asombro y la inocencia.

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