Dicen que arengaba a los compañeros

subido a las mesas de los comedores de las fábricas,

digo que lo vi hablar de política en noches

breves y tranquilas como las calles de un pueblo.

Dijo que fue mozo en una embajada,

digo que lo vi echando borrachos de la cantina del club.



Dijo que vivió en Montevideo, dicen que en bata para fumar,

porque no quería hacer la colimba, que terminó

cumpliendo en Ushuaia. Digo que usaba solo camisas

y una gorra marrón los domingos de verano, que a veces

les redactaba las denuncias a los policías porque no sabían hacerlas.



Dicen que tuvo que hachar leña para poder comer,

que según mi madre contaban los fósforos

para encender el calentador en aquella pieza de madera.

Digo que por imitarlo tecleaba en la Underwood de su oficina

y que vivíamos en una casa grande, con patio

y un cielo arañado por mistoles y moreras.



Dicen que anduvo perdido en Buenos Aires, hasta que

mi tía lo halló una mañana en Plaza Italia. De pie, con traje

y abrigo largo leía el diario bajo el sol. Digo que meses después

de vivir en la ciudad, en un bar que ya no existe, coincidimos

para hablar de que la historia es cosa que la gente olvida.



Dijo que tenía libros en cajones de manzanas

y que los perdió huyendo de la represión. Digo que lo recuerdo

leyendo uno de mis primeros poemas en la mesa de la cocina.



Digo que con Benedetti y Serrat sigue dando cuenta

de que el sur también existe, que fumaba Chesterfield, como yo,

que hablaba de los atardeceres que filmó Fabio para Moreira,

que era peronista, aunque no les guste, que leía de madrugada,

que se llamaba Julio y que así lo despojo de muerte.

1 Comment:

  1. silvina guala said...
    !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

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