Desalentado,
quieta la cabeza
sobre en una piedra,
miro las lomas. Todavía
tienen luces encendidas.
Parecen las de esas ciudades
que se dejan ver desde los cerros.
Lentejuelas amarillas sobre paño negro.

En lo alto, delante de la luna,
hay nubes calmas. Algo de polvo
les acerca el viento.

¿Cómo será sentirse polvo o nube,
dejarse empujar por las alas frías
de ese avión que titila justo ahora?
¿Cómo se verá este sitio
pálido y caótico, harto de ruidos?

Cuando las tenemos cerca
las cosas son extrañas.
Nos pasman con su presencia
brutal y definitiva.

Como la mordedura de una bala,
la rosa amarilla de una explosión,
este fuego de mortero que cae
sobre toda la compañía. 

"Caía fuego de mortero sobre toda la compañía". El País, 16/09/2009.

2 Comments:

  1. taty said...
    Me interesa como abordas el tema del peso de las cosas frente a ciertos estados anímicos: la manera en que los objetos se vuelven tan individuales y llenos de detalles, indiferentes a nuestra desgracia (es siempre en el dolor que los notamos, ¿por qué será?, ¿un instinto de escape?)

    Un abrazo.
    Gastón Córdoba said...
    Hola, Taty. Supongo que se trata de un juego paradójico. Ante el dolor, el escape; pero por el dolor las cosas cobran brillo, y estas a su vez generan más dolor debido a esa indiferencia, y porque, en definitiva, son en cierta forma inasibles.

    Por otro lado, a veces se cree aquello de que la vida está en otra parte. Sin embargo, qué pocos destellos tiene cuando llegamos a esa otra parte ¿no?

    Abrazo

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